Pautas sobre la eclesialidad de la caridad cristiana

Carmen Alvarez

Carmen Alvarez

 

La Iglesia, cada parroquia, en realidad toda comunidad eclesial, debe organizar su propio servicio de caridad cristiana, si no quiere que su labor evangelizadora quede incompleta y mutilada. No olvidemos que sigue aún viva aquella llamada del Papa Juan Pablo II en Novo millennio ineunte, n. 50: “Es la hora de una nueva ‘imaginación’ de la caridad”. Esta imaginación de la caridad reviste cada vez más importancia, dado que son muchas las ONG y otras instituciones de diverso tipo que, entre sus fines y actividades, dan especial cabida a la dedicación a servicios solidarios o tareas humanitarias. Se trata de un servicio prioritario, que no se justifica solo por la coyuntura económica o social que atravesamos –que también–, sino que viene exigido como expresión misma del corazón de la fe cristiana, que es el amor.

Sin embargo, no olvidemos que entre la acción caritativa propia de la evangelización de la Iglesia y la dedicación humanitaria, benéfica o solidaria de muchas otras instituciones no necesariamente cristianas, hay –y debe haber– una distinción –que no separación– esencial. En este sentido, me permito recordar aquí sólo algunas pautas y criterios, muy generales, que puedan ayudar a dar perfil verdaderamente eclesial –y no sólo social o benéfico– a nuestra acción caritativa:

caridad

El anuncio del Evangelio es la primera forma de caridad; pero, ese anuncio, sin una evangelización llevada a cabo mediante el testimonio de la caridad, corre el peligro de ser incomprendido, o de quedarse en un mero discurso y en palabrería vacía de significado. En Cristo es inseparable el anuncio del Reino de Dios y su caridad en favor de los más necesitados y, por lo tanto, así debe ser también para toda comunidad cristiana. Porque “la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras”, dice Juan Pablo II en el n. 50 de Novo millennio ineunte. Sólo entonces el ejercicio de la caridad cristiana se convierte en una viva confesión de fe y en un eficaz anuncio del Evangelio.

Hay que rechazar la tentación de una espiritualidad intimista e individualista –y en último término inoperante– que tiene poco que ver con las exigencias de la caridad cristiana y, en realidad, con el núcleo del Evangelio. Detrás del aparente refugio que podamos encontrar en esa espiritualidad solipsista puede esconderse, con apariencia de bien, un tremendo problema de egoísmo.

El ejercicio de la caridad puede tener formas y modalidades distintas y variables a lo largo de la Historia y a lo largo de las culturas; pero en todas ellas debe reflejarse con claridad su ‘ser eclesial’, es decir, deben desarrollarse en concordia con la misión y el ser de la Iglesia. En consecuencia, se hace necesaria la referencia o vinculación explícita de la acción caritativa y social a las iglesias particulares, a las diócesis, al obispo, como expresión concreta de que la Iglesia es misterio de comunión.

La caridad eclesial no tiene envidia del bien hecho por otros sino que se alegra con el bien que realizan personas y entidades no eclesiales. Sólo le importa que los pobres sean amados y servidos. Hasta se retiraría de aquellos campos que están suficientemente atendidos para descubrir las nuevas formas de pobreza que requieren su servicio. Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est, n. 31, insistió en que la caridad no debe ser proselitista sino independiente de partidos e ideologías, es decir, gratuita y universal, como lo es el Evangelio mismo.

Hay que buscar la buena gestión de los bienes materiales que tenemos en nuestro poder, porque la caridad debe ser efectiva y eficiente. Pero, no podemos compartir sólo bienes materiales. Eso, con ser mucho, todavía es muy poco. La verdadera caridad cristiana, la que procede de Dios, exige algo más: supone el compartir también los bienes espirituales, de más valor y trascendencia para la salvación del hombre. El papa Benedicto XVI, en el n. 28 de la encíclica Deus caritas est, insistía en esta idea: “Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre”.

Junto a la acción caritativa organizada de la Iglesia, el mundo necesita también del testimonio personal de cada uno de los cristianos, esos samaritanos anónimos que prolongan el servicio de Cristo a los necesitados allí donde las estructuras de la acción caritativa más organizada no llega. Sin ese testimonio personal, la acción propia de la caridad cristiana se convertiría en una gota que cae en el desierto.

Es necesaria la coherencia entre el ‘ser’ de las personas, agentes de la caridad, y las ‘obras’ de la Iglesia por ellas realizadas. La caridad de la Iglesia debe hacerse operante a través de los que la representan y actúan en su nombre y, para ello, es necesaria la comunión con la fe de la Iglesia. No se entiende bien que el servicio de la caridad cristiana se haga en nombre de un Evangelio que esos agentes no conocen, o ni siquiera intentan vivirlo.

El ejercicio de la caridad debe ser respuesta en una situación determinada a una necesidad concreta. Debo amar y servir con la palabra, con el pensamiento, con mi obrar, pero siempre al prójimo concreto que me sale al paso en el camino diario de la vida. Benedicto XVI, en la encíclica Deus caritas est, n. 15, afirmaba que “mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto”. El amor nunca ama en general o en abstracto.

No basta la competencia profesional para un cualificado servicio de la caridad. Es imprescindible esa ‘entraña de humanidad’,  que es la atención del corazón, es decir, un corazón que ve y sale al encuentro de las necesidades del otro.

No hay nada más inútil que la sal sosa. Si el servicio de la caridad pierde su sabor eclesial no llega a ser palabra de Evangelio para los numerosos descreídos, e incluso bautizados no creyentes, a los que la Iglesia ya no les dice nada. Y, sin embargo, ¿cómo es posible que siendo la acción caritativa de la Iglesia verdaderamente ingente y tremendamente variada a la hora de cubrir las necesidades de los hombres, mucha gente no llegue a acercarse a la Iglesia con más interés que el que puedan suscitar otras instituciones del tipo de la General Motors, es decir, con verdadero deseo de conocerla por dentro? ¿No será que los mismos católicos vivimos nuestra fe en el descansillo de la escalera, es decir, sin haber penetrado realmente en lo que es el misterio de la Iglesia y, peor aún, sin haber conocido todavía el interior del corazón del Padre, como aquel hijo mayor de la parábola?

Mucho de la credibilidad de la Iglesia y hasta de los propios católicos está en juego, según el carácter eclesial que revista o no nuestro servicio de la caridad. Pero la caridad nace de Dios, no de nosotros mismos, y su medida no está en nuestras ganas, cualidades, preparación, etc., sino en la caridad de Cristo. Y si no, abran el Evangelio por cualquiera de sus páginas: siempre encontrarán a alguien necesitado de amor, suplicando a Jesús que cure su corazón.

Dra. Dª Carmen Álvarez Alonso
Universidad Eclesiástica de San Dámaso