Notas para la lectura de la carta apostólica ‘Porta Fidei’

Presento una guía de lectura de la Carta Apostólica de Benedicto XVI en forma de Motu Proprio Porta Fidei, en el marco de la convocatoria del Año de la Fe, de manera que se pueda facilitar su recepción en la Diócesis de Madrid. Propongo considerar cinco puntos, que ilustraré con citas de la propia Carta (PF)[1].

 

1.- ¿Por qué un Año de la Fe? Javier-Prades-López

En el año 2012 concurren varias efemérides a las que se refiere la Carta PF: Quincuagésimo aniversario de la convocatoria del Concilio Vaticano II en 1962, vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992. Esta convocatoria se pone en relación con el precedente del Año de la Fe de 1967, convocado por Pablo VI. Y se vincula con la celebración de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos dedicada a la Nueva Evangelización en octubre de 2012.

En el marco definido por la coincidencia de estas fechas, el Año de la Fe supone en primer lugar un revulsivo para vivir la fe; y además una invitación explícita a seguir el camino eclesial abierto por el Magisterio del Concilio Vaticano II y de los pontífices posteriores. Este aspecto es subrayado por la Nota explicativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que no puedo desarrollar ahora[2].

Finalmente se puede añadir que la Carta indica una perspectiva de comprensión del Magisterio de Benedicto XVI, que ha ido abordando sucesivamente el estudio de la caridad, de la esperanza y ahora de la fe: Deus caritas est, Spe salvi, y Porta fidei.

 

2.- ¿Cuál es el núcleo de la propuesta de PF?

Podemos resumirlo en estas dos afirmaciones: por un lado el cristiano se define por la fe (es el fiel cristiano, el christifidelis que profesa la fe), y, por otro lado, la fe se conoce y se comunica sólo a través del fiel que la profesa (en cuanto que el sujeto de la fe es la Iglesia, comunión de los fieles cristianos, communio hierarchica christifidelium)[3]. Por tanto este Año de la Fe no se puede presentar sólo como un “año de la formación” para proponer o recuperar, por ejemplo, un cierto nivel de instrucción religiosa. Es más propiamente un “año de la identidad” cristiana, un año para redescubrir y profundizar quién es el cristiano, quiénes somos cada uno de nosotros. En este sentido es radicalmente, un año para la conversión: “el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (nº7).

¿Cómo podemos entender esta afirmación de PF sobre la conversión? Nos ayuda la Nota explicativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Ese año será una ocasión propicia para que todos los fieles comprendan con mayor profundidad que el fundamento de la fe cristiana es «el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Fundada en el encuentro con Jesucristo resucitado, la fe podrá ser redescubierta integralmente y en todo su esplendor. «También en nuestros días la fe es un don que hay que volver a descubrir, cultivar y testimoniar. Que en esta celebración del Bautismo el Señor nos conceda a todos la gracia de vivir la belleza y la alegría de ser cristianos».”[4]

 

3.- ¿En qué contexto se proclama el Año de la Fe?

El Papa nos propone, sobre todo a los europeos, la profundización en la fe como una invitación a la Nueva Evangelización en los países de antigua cristiandad que han perdido o se han alejado de la tradición cristiana. Además insiste en la necesidad de una acogida y recepción del Concilio Vaticano II en su interpretación correcta, que ya hemos mencionado. ¿Por qué es necesaria esta nueva evangelización?

A) El Papa afirma en primer lugar que no debemos dar por supuesta la fe para centrarnos sólo en sus consecuencias. Ya no es un presupuesto obvio, porque ha desaparecido el tejido cultural unitario que podía sustentarla socialmente: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (nº2). No es una cuestión “sociológica” derivada de un análisis más o menos amplio de las sociedades europeas, sino que nace de un criterio “teológico” sobre la naturaleza de la fe que nunca se puede transmitir de modo automático, sin la implicación personal.

En el nº12 el Papa hace notar la influencia de muchas cuestiones suscitadas por una mentalidad que reduce el ámbito de las certezas de la razón: “la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos”. La Iglesia no teme a la comparación entre fe y razón porque entre ellas no puede haber contradicción.

Añade el Papa que en nuestras sociedades se puede valorar positivamente la búsqueda de la verdad en sentido antropológico: “Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro” (nº 10). Para el Papa se puede reconocer el valor de esta búsqueda de la belleza de la fe y de la búsqueda de Dios en la experiencia vivida por San Agustín (cf. nº7).

Resumiendo, el Papa nos invita a no dar por supuesta la fe misma, a recuperar una capacidad de atención explícita a la fe que vivimos, situados en un contexto sociocultural en el que, junto a reales dificultades que a veces deforman gravemente o niegan la fe, podemos contar con un factor favorable: la condición propia del hombre que –aun en medio de la oscuridad o confusión a veces muy grande—no deja nunca de anhelar y buscar la verdad.

 

4.- ¿Qué rasgos presenta la fe?

Entresacamos los principales a los que se refiere PF:

A. El primero y fundamental es el carácter cristológico y trinitario de la fe: se trata claramente de la fe en Cristo, el Hijo del Padre en el Espíritu Santo. Fe en Dios. “Tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación” (nº13). Por eso, el Papa subraya “que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero” (nº15).

B. En segundo lugar hay que poner de manifiesto su carácter integral, en tanto que abarca y transforma toda la persona: “Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida” (nº5).

Añade el Papa que el hombre cristiano, transformado por la fe, adquiere una mirada nueva sobre la realidad, que le permite reconocerla como signo de Dios. El hombre creyente ve las maravillas de Dios, sabe leer los signos de los tiempos y se convierte él mismo en un signo de la presencia de Dios (cf. nº15).

C. La profesión de la fe tiene un carácter a la vez personal y comunitario: “La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»” (nº10).

D. La fe sólo se considera adecuadamente en la unidad indisociable de acto y contenido: “quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo” (nº10). De aquí se sigue, por tanto, desde el punto de vista educativo la coincidencia entre contenido y método, entre la verdad que se afirma y el acto en que se afirma.

E. La verdadera profesión de fe eclesial conlleva una profunda relación de fe y caridad: “La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17)” (nº6). Justamente esta unidad de fe y caridad como criterio nuevo de pensamiento y acción hace que ambas virtudes teologales alcancen su perfección propia: “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino” (nº14).

 

5.- ¿Cómo se transmite la fe?

A) La primera indicación que hace el Papa es la de fortalecer la fe creyendo: “La fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios” (nº7). Por eso, es decisivo que la propuesta de los contenidos de la fe se produzca siempre en el marco de la profesión de la fe por parte del fiel cristiano. Sólo así se accede efectivamente a la fe en su integridad doctrinal y salvífica. El Papa enumera algunos aspectos esenciales de esta posición eclesial: “Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año” (nº9). Sobre esta fe viva y actuante se debe reflexionar de tal manera que se puedan afrontar los desafíos intelectuales de nuestro tiempo (cf. nº8).

B) La fe se manifiesta en los que creen. Por eso el Papa presenta con amplitud la cadena viviente de los testigos de la fe, según sus características personales. La primera de todos es María: “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega”[5].

Luego los Apóstoles: “Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona”.

Los discípulos: “Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Los mártires: “Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores”.

Los hombres y mujeres consagrados: “Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar”;

Los hombres y mujeres creyentes: “Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban”.

Y por fin cada uno de nosotros, que nos incorporamos a esta tradición viva que ha llegado hasta nuestros días: “También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia” (nº13).

C) El Papa hace un especial énfasis en la adecuada formación doctrinal y por eso termino este recorrido por la transmisión de la fe recordando sus palabras a este propósito: “No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo” (nº9). Y propone con determinación el uso inteligente del Catecismo de la Iglesia Católica: “Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II (…) Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica” (nº11). Aunque no me toca a mí desarrollar todas las implicaciones de esta decisiva dimensión doctrinal de la fe, tengo entendido que el You Cat está siendo muy útil, justamente porque nos instruye con eficacia en muchos aspectos de la doctrina de la fe y la moral de la Iglesia que muchas veces desconocemos casi por completo. No es extraño que el Papa haya hablado recientemente de un “analfabetismo religioso”, que no será sólo propio de otros cristianos sino que quizá deberemos de reconocer también en nuestra propia posición[6].

 

Conclusión

Para terminar, recuerdo que en la transmisión de la fe hay una esencial coincidencia entre contenido y método, que proviene de la mutua implicación entre el acto y el contenido de la fe. Nos lo enseñaba recientemente el Papa, cuando decía que “en el misterio de la encarnación del Verbo, en el hecho de que Dios se ha hecho hombre como noso­tros, se da tanto el contenido como el método del anuncio cristiano”[7]. La comunicación de la fe que los hombres de nuestro tiempo esperan, y que el Papa nos ha explicado en sus factores fundamentales, supone esa mutua implicación. Por eso es decisivo no cambiar el método evangelizador, para no deformar el contenido. Tenemos la responsabilidad de mantener esa misma estructura que había descrito el Papa al hablar de un acontecimiento que cambia la vida. Fue así al principio y sigue siendo así en todos los momentos sucesivos. Se trata, más bien, de verificar en el tiempo cómo permanece esa novedad inaudita.

En la reciente audiencia del 2 de abril Benedicto XVI, dirigiéndose a los jóvenes que habían asistido a la Jornada Mundial de la Juventud, nos ha recordado el desafío de la misión: “Como aquellos apóstoles de la primera hora, sed también vosotros misioneros de Cristo entre vuestros familiares, amigos y conocidos, en vuestros ambientes de estudio o trabajo, entre los pobres y enfermos. Hablad de su amor y bondad con sencillez, sin complejos ni temores. El mismo Cristo os dará fortaleza para ello. Por vuestra parte, escuchadlo y tened un trato frecuente y sincero con él. Contadle con confianza vuestros anhelos y aspiraciones, también vuestras penas y las de las personas que veáis carentes de consuelo y esperanza. Evocando aquellos espléndidos días, deseo exhortaros asimismo a que no ahorréis esfuerzo alguno para que los que os rodean lo descubran personalmente y se encuentren con él, que está vivo, y con su Iglesia”. No nos separemos del método que hemos vivido de forma paradigmática en aquella semana tan extraordinaria del verano pasado. Allí hemos visto la alegría que nace de la fe, hemos visto la posibilidad real de salir al encuentro de los demás, enriqueciendo de manera imprevista nuestra propia vida y dando un precioso testimonio de responsabilidad social y civil, tanto que en la ciudad todos –o casi todos—percibían como un bien la presencia de los jóvenes cristianos. Tenemos por tanto ante nuestros ojos un valioso ejemplo de esta comunicación de la fe a la que nos invita Benedicto XVI en su Carta Apostólica Porta Fidei a lo largo de este Año de la fe.

 

Javier Mª Prades López

Universidad Eclesiástica San Dámaso

* Publicado en la Revista Teología y Catequesis nº125 “El símbolo de la Fe”.

 



[1] Cf. Carta Apostólica
en forma de “Motu Proprio” Porta Fidei del Sumo Pontífice
Benedicto XVI con la que se convoca el Año de la Fe (11 de octubre de 2011). Texto español y latino en www.vatican.va

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota
con indicaciones pastorales para el Año de la Fe (6 de enero de 2012). Conviene consultar también el Comunicado sobre la “Nota 
de la Congregación para la Doctrina de la Fe
con indicaciones pastorales para el Año de la fe” (5 de enero de 2012). Ambos textos en español en www.vatican.va

[3] Subrayados míos salvo indicación en contrario.

[4] Cf. Nota, cit.

[5] La Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe también destaca la figura de María como creyente; cf. I, 2 y 3.

[6] La Nota de la CDF ofrece muchas sugerencias concretas para su mejor aprovechamiento, a distintos niveles de la vida de la Iglesia: universal, conferencias episcopales, diocesano, parroquias/comunidades/ asociaciones y movimientos.

[7] Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009).