Necesidad de conversión y de la celebración del sacramento de la Reconciliación

Al celebrarse el Año de la fe y de la Misión-Madrid, es necesario que reflexionemos juntos sobre el tema de la conversión y de la necesidad de celebrar y vivir mejor el cuarto sacramento: el sacramento de la penitencia y de la reconciliación.

carlosaguilar

La razón es muy fácil de entender, el Año de la fe ha sido convocado por el Papa, entre otras muchas razones, porque ve necesario hacer «una invitación» a toda la Iglesia —a cada uno de los bautizados y también a todas las comunidades cristianas—, «a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo», de modo que, «gracias a la fe, esta vida nueva plasme toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección». Se trata de una conversión que exige, «en la medida de su disponibilidad libre, que los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifiquen y transformen gradualmente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida». Hasta conseguir que «la “fe, que actúa por el amor” (Ga 5, 6), se convierta en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambie toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17)» (PF 6).

Por todo ello, más concretamente, el Papa nos ha propuesto que «a lo largo de este Año, recorramos la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos» (PF 13).

En realidad, Benedicto XVI sigue muy preocupado por aquel mal que ya señaló el concilio Vaticano II y que, por desgracia, afecta a una buena parte de los bautizados:

«Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno.

Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales.

El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (GS 43).

Pues bien, el Año de la fe ha sido convocado para que tomemos conciencia de este grave error y nos convirtamos.

Un signo concreto de la falta de fe es que nos cuesta aceptar que lo que creemos, lo que profesamos en el Credo, lo que sabemos del Catecismo, etc., realmente sirva para vivir, para tomar decisiones en esta hora y en este momento histórico, social y político en el que nos encontramos, en esta coyuntura en la que nos tenemos que desenvolver; porque pensamos que no es práctico, que no es operativo, en pocas palabras, porque no sirve para caminar por este mundo. Y si la fe no sirve para vivir, si la fe no sirve para dar sentido, criterio y orientación a nuestra existencia terrena, entonces ¿por qué y para qué vamos a convertirnos? Estaríamos planteando realmente un imposible, o, si no, literalmente engañando a la gente.

¡Qué triste que en ocasiones hayamos reducido, o nos hayamos conformado con una propuesta de la fe que se quedaba en aprender un conjuntos de verdades, de formas de celebrar, de normas para actuar y de consejos para rezar, olvidando, en cambio, hacer ver y comprender la trascendencia y lo fundamental para nuestra vida que supone conocer y profesar el Credo, celebrar los sacramentos de la fe, configurar nuestra vida con Cristo y con su evangelio, alimentar nuestro espíritu con la gracia de Dios, que es el único cimiento que puede sostener nuestra vida.

Por todo ello, la NE nos reclama que la propuesta de la fe nazca de testimonios de vida que permitan descubrir que la fe salva, que la fe nos regenera, que la fe nos cura, que la fe da sentido a nuestro existir, a toda nuestra existencia, a lo bueno y a lo malo, a lo alegre y lo triste, a lo próspero y a lo adverso, a la pobreza y a la riqueza, a la salud y a la enfermedad, a la vida y a la muerte, a esta vida y a la vida eterna. Solo desde una propuesta de fe así cabe esperar frutos de conversión.

«No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14)» (PF 3).

Precisamente por este diagnóstico que hace la Iglesia sobre la situación de fe de sus fieles, es por lo que descubre y plantea abiertamente, como mejor terapia para atajar este mal, el de la recuperación de una verdadera y completa Iniciación cristiana.

«Muchas Iglesias han dado forma a una especie de “catecumenado post-bautismal”, para reformar las prácticas de adhesión a la fe y superar la fractura entre fe y vida, y para que la Iglesia sea realmente una madre que engendra a sus hijos en la fe» (Sínodo de los obispos, Instrumentum laboris, 134).

En nuestro país, don Fernando Sebastián, recientemente ha escrito y escribe mucho a propósito de esto y nos dice cosas como éstas, que, a mi modesto entender, me parecen muy claras y clarificadoras:

«Con frecuencia nos enredamos en discusiones interminables […]. Son discusiones secundarias que no entran en el verdadero problema. El problema real de las prácticas de la Iniciación cristiana, tal como ahora las estamos haciendo, consiste en preguntarnos si nuestros neófitos o nuestros catecúmenos viven o no, durante su proceso de iniciación, una verdadera conversión personal a la fe en Cristo, a la adoración y al amor de Dios sobre todas las cosas, a la caridad fraterna como norma fundamental de su comportamiento y de su vida moral. Ésa es la cuestión. Nadie puede considerarse del todo cristiano mientras no haya vivido personalmente una verdadera conversión. […] Para ser cristiano enteramente y vivir como tal hay que convertirse, cambiar de mente y de sentimientos, decidirse personalmente a aceptar a Jesucristo como Dios, como modelo de existencia, como referencia última y permanente de nuestra vida, según la tradición y las enseñanzas de la Iglesia»[1].

«¿Podemos conformarnos con unas catequesis que no son capaces de provocar la crisis de la conversión personal a la fe y a la vida cristiana? Éste es el verdadero problema»[2].

«La nueva evangelización […] indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza. Éste es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización»[3].

Necesitamos, pues, dar este paso, el paso a la instauración del Catecumenado y a que, como pide el DGC, todas las formas de catequesis se inspiren en él y busquen realmente a este fin de asegurar y garantizar que todos los fieles cristianos han recibido una completa y verdadera Iniciación cristiana.

ü  El concilio Vaticano II ya lo propuso como «el noviciado debidamente prolongado de toda la vida cristiana, en que los discípulos se unen a Cristo, su Maestro» (AG 14).

ü  Pablo VI recordó que «sin que se descuide en manera alguna la formación de los niños» […], «en las actuales condiciones se hace cada vez más urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado» (EN 44).

ü  Juan Pablo II, dirigiéndose a los obispos, les habló de que «en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo, tanto en las Iglesias jóvenes como en los países donde el cristianismo se ha establecido desde siglos, resulta providencial la recuperación, sobre todo para los adultos, de la gran tradición de la disciplina sobre la iniciación cristiana»[4]. Y les exhortaba, por ello, «a poner en práctica las prescripciones del Rito de la Iniciación Cristiana de Adultos»[5]. Asimismo, en reiteradas ocasiones, habló de la necesidad de impulsar «una catequesis posbautismal, a modo de catecumenado, que vuelva a proponer algunos elementos del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, destinados a hacer captar y vivir las inmensas riquezas del bautismo recibido»[6].

ü  El Catecismo de la Iglesia Católica defiende la necesidad de la catequesis posbautismal, no solo porque el niño ha de ser instruido en la fe que padres y padrinos han profesado en su nombre, sino por la necesidad de «desarrollar la gracia bautismal en el crecimiento de la persona» (CCE 1231).

ü  Por último, el Directorio General para la Catequesis dice que «el catecumenado bautismal, que es formación específica que conduce al adulto convertido a la profesión de su fe bautismal en la noche pascual, es el modelo de toda catequesis» (DGC 59) y que «ha de inspirar a las demás formas» (DGC 68)[7]. Lo llama también «lugar típico de catequización, institucionalizado por la Iglesia para preparar a los adultos que desean ser cristianos a recibir los sacramentos de la iniciación» (DGC 256). Del catecumenado se espera que sea «foco fundamental de incremento de la catolicidad y fermento de renovación eclesial» (DGC 78).

Por todo ello, son muchos los pastores de la Iglesia que indican al catecumenado como el eje que necesariamente ha de articular la catequesis en este contexto de la Nueva Evangelización[8]. Aunque, por desgracia, como constata el propio Fernando Sebastián, «falta la decisión de cada obispo de tomar en serio lo que estamos diciendo, teniendo en cuenta la realidad de nuestra sociedad, la verdadera situación espiritual de muchos bautizados»[9].

¿Por qué es tan importante y tan necesario para la NE la instauración del Catecumenado y cómo es que tiene tanta trascendencia de cara al tema de la fe y de la conversión?

Para contestar estas preguntas basta con que leamos con un poco de atención el arranque de la Carta, en forma Motu proprio, escrita por Benedicto XVI y por la que convocaba el Año de la fe. Dice así:

«”La puerta de la fe” (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)» (PF 1).

Se trata de un texto lleno de alusiones a los elementos esenciales del catecumenado:

La primera de todas, la misma expresión: «La puerta de la fe». Es justo el primer paso de todo el proceso catecumenal, el que dan aquellas personas que «quieren creer»; es decir, personas que están dispuestas en lo más profundo de su ser a dar este salto: el salto de fiarse de Dios, de escuchar su Palabra, de convertir sus vidas, de dejarse guiar. Y lo hacen porque se han sentido atraídas por la persona de Jesús, por el ejemplo de las comunidades cristianas, por la predicación del Evangelio, por los signos que han visto realizados, etc. Personas que han experimentado en lo más profundo de sus corazones esa acción interior del Espíritu, personas que se han sentido tocadas por Dios y por eso, puestas en el umbral del templo, llaman a la puerta de la Iglesia y piden la fe y piden asimismo tener parte en el grupo de los salvados y redimidos. Son personas que piden ni más ni menos que tener parte en el don de la vida eterna y, por ello, están dispuestas a «emprender un camino que dura toda la vida. Que comienza con el bautismo y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna» (PF 1).

Se trata de personas que, habiendo conocido que el evangelio de Jesús se resume en aquella afirmación con la que el Maestro comenzó su vida pública: «convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1,15), «consciente y libremente buscan al Dios vivo y emprenden el camino de la fe y de la conversión» (RICA 1).

Conversión y fe pasan a ser, por tanto, el alma y el sostén de todo el proceso catecumenal y, a la larga, de toda la vida cristiana.

«La conversión inicial y la voluntad de cambiar de vida y de empezar el trato con Dios en Cristo, y, por tanto, los primeros sentimientos de penitencia y el uso incipiente de invocar a Dios y hacer oración, acompañados de las primeras experiencias en el trato y espiritualidad de los cristianos» (RICA 15).

¿Cuál es problema? Pues que a muchos bautizados nunca se les ha hecho claramente esta propuesta; han recibido, seguramente, instrucción sobre la fe, se les ha explicado qué son los sacramentos y los han recibido con buen ánimo, se les ha explicado la moral cristiana y todas sus exigencias y habrán aprendido qué oraciones deben rezar y qué ejercicios deben hacer para alimentar su vida espiritual. Pero, ¿se le ha ayudado a tomar una decisión personal por Jesús y por evangelio que realmente implique toda su vida y todo su ser? Seguramente no del todo o no de una manera completa y claramente explícita.

Los obispos españoles, ya en 1978, cuando se estaba introduciendo el Nuevo Ritual de la Penitencia (el Ritual nacido de la reforma querida y demandada por el concilio Vaticano II) hacían el siguiente diagnóstico:

«La casi totalidad de los cristianos no han tenido la experiencia catecumenal previa al Bautismo», lo cual «hace más urgente la predicación de la fe para llamar a la conversión, para promover el compromiso responsable en el interior de la comunidad eclesial, para urgir el testimonio misionero en el mundo. Además, la llamada a la conversión no debe efectuarse en abstracto, sino de manera más concreta posible, de suerte que la Palabra de Dios ilumine lo más íntimo del corazón del hombre y de las situaciones en que actúa, y le muestre el pecado que hay en él y en el mundo» (CEE, Orientaciones doctrinales y pastorales, 57).

Con toda razón, por tanto, Benedicto XVI plantea como objetivos y metas más propios del Año de la fe los siguientes:

«Una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida […]. Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección» (PF 6).

Y los obispos de todo el mundo que han participado en el último Sínodo, celebrado el pasado mes de octubre, entre las muchas propuestas que le han presentado al Papa, han afirmado lo siguiente:

«La Nueva Evangelización exige conversión personal y comunitaria, nuevos métodos de evangelización y una renovación de las estructuras pastorales, con el fin de pasar de una estrategia pastoral de mantenimiento a una actitud pastoral auténticamente misionera. La Nueva Evangelizaciónnos guía a una conversión pastoral auténtica que nos induce a adoptar actitudes y a tomar iniciativas que conllevan evaluaciones y cambios en la dinámica de unas estructuras pastorales que no responden ya a las exigencias evangélicas del tiempo actual» (Propuesta 22: La conversión).

Como veis, abiertamente se nos está planteando no solo una conversión en la moral personal, sino también una clara y decidida conversión como Iglesia en las actitudes y el modo concreto como afrontamos los retos pastorales del momento actual. Algo que debemos hacer llenos de espíritu de fe y con esperanza evangélica.

Se trata de un cambio grande; y un cambio así no lo podemos realizar de la noche a la mañana, ni tampoco es algo mágico ni instantáneo. El reto que se nos plantea lleva su tiempo y su gradualidad, y hay que tener paciencia. Ahora bien, se hace necesario y urgente dar los pasos necesarios, y, además, se necesita que dichos pasos estén bien orientados.

La estructura del catecumenado y sus etapas, el espíritu que lo anima así como los instrumentos de los que está dotado, su oficialidad, etc., hacen que la Iglesia ponga en él sus ojos como uno de los elementos que necesariamente han de configurar la propuesta de la NE.

¿Qué es lo más nos interesa del Catecumenado en este Año de la fe y, por tanto, para orientar la pastoral propia de la NE de manera que realmente ayude a los fieles cristianos a vivir la fe con verdadero espíritu de conversión?

En primer lugar, inspirándonos en la definición misma de catecumenado, tener claro que se trata de un «tiempo suficientemente prolongado, en el que los candidatos reciben la instrucción pastoral y se ejercitan en un modo de vida apropiado[10], y así se les ayuda para que lleguen a la madurez las disposiciones de ánimo manifestadas a la entrada» (RICA 19).

Si continuamos con esta paráfrasis inspirada en el RICA, debemos señalar igualmente que se trata de un proceso «que lleva consigo un cambio progresivo de sentimientos y costumbres», un proceso que, asimismo, «debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse paulatinamente», lo cual supone que en algunos momentos habrá que experimentar «rupturas y separaciones, pero también gozos que Dios concede sin medida»[11]» (RICA 19,2).

Con toda razón, por tanto, los obispos, en este último Sínodo, no han dudado en proponer que «el drama y la intensidad del conflicto inmemorial entre el bien y el mal, entre la fe y el miedo, deben ser presentados como el trasfondo esencial de la llamada a la conversión en Cristo y como elementos constitutivos de esta. Dicho combate prosigue en el ámbito natural y en el sobrenatural. “¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos” (Mt 7, 14)» (Propuesta 22: La conversión).

No puede haber una pastoral de la conversión auténticamente sólida, sino tiene como punto de arranque, como camino y como sostén, el que nos da la misma Palabra de Dios. Pues ella es, tal y como señala el Ritual de la Penitencia, la que «invita [a los fieles cristianos] a la conversión» (RP 22). Porque «por ella, Dios nos llama a la penitencia y conduce a la verdadera conversión del corazón» (RP 24). Por ella «se proclama, además, nuestra liberación del pecado por la muerte y resurrección de Cristo» (RP 36).

Con toda razón, por tanto, uno de los ejes claves en la pastoral de la NE es el de potenciar la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura por parte de cada uno de los fieles y de las comunidades cristianas. Y hemos de aprovechar este momento para recordar, entre otras cosas, algo en lo que también insistieron los obispos en 1978 a propósito del modo de celebrar el sacramento de Penitencia y la Reconciliación:

«Para el cristiano, el misterio del pecado sólo adquiere su plena luz en la medida en que se parte de la Palabra de Dios. De ahí que toda la pastoral de la penitencia tenga que estar apoyada por una predicación de la “palabra de la fe” (Cfr. Rom 10, 8), previa a la catequesis misma del sacramento. Así se renueva y reproduce, a nivel del bautizado, el proceso catecumenal de iniciación a la lucha cristiana (Cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 9)» (CEE, Orientaciones doctrinales y pastorales, 56).

«La renovación pastoral del Sacramento de la Penitencia pide que todos los que son responsables de la celebración valoren mucho esta presencia de la Escritura, incluso en las celebraciones individuales. Aun en los casos en que por alguna circunstancia que lo justifique, se omite la lectura, será bueno que los fieles tengan fácilmente a mano algunos textos bíblicos para que ellos mismos puedan leerlos antes de la confesión, y así se mantenga el enlace entre la Palabra, la Fe y el Sacramento de la reconciliación.

Los valores de la lectura bíblica en el interior de la celebración sacramental son los siguientes:

a)      Actualización de la llamada de Dios a la conversión, y, en este sentido, manifestación de la iniciativa divina en la reconciliación.

b)      Introducción a la acción sacramental por la cual Dios comunica, en la visibilidad del signo eclesial, su perdón y su paz.

c)      Proposición de objetivos de perfección, especialmente los reflejados en las palabras y las obras de Cristo» (CCE, Orientaciones doctrinales y pastorales, 59).

Así pues, vemos cómo la vinculación entre fe y conversión, que brotan, en definitiva de la Palabra proclamada y acogida por el fiel y por la comunidad cristiana, es algo básico para comprender el proceso mismo de la evangelización, sin ellas, ésta sería imposible. Y, en función de ello, la renovación propiciada por el concilio Vaticano II en el nuevo Ritual de la Penitencia, proponía como uno de sus elementos más innovadores el de introducir, además de la confesión o acusación de los pecados, el de confesar también la fe y el propósito de una sincera y verdadera conversión.

Tanto es así que el Ritual es el primer punto en el que insiste:

«El discípulo de Cristo que, después del pecado, movido por el Espíritu Santo acude al sacramento de la penitencia, ante todo debe convertirse de todo corazón a Dios. Esta íntima conversión del corazón, que incluye la contrición del pecado y el propósito de una vida nueva, se expresa por la confesión hecha a la iglesia, por la adecuada satisfacción y por el cambio de vida Dios concede la remisión de los pecados por medio de la Iglesia, a través del ministerio de los sacerdotes[12]» (RP 6).

«Después el penitente manifiesta su contrición y el propósito de una vida nueva por medio de alguna fórmula de oración, con la que implora el perdón de Dios Padre» (RP 19).

«El penitente ha de continuar y manifestar su conversión, reformando su vida según el Evangelio de Cristo y con un amor a Dios cada vez más generoso porque “el amor cubre la multitud de los pecados” (1 Pe 4,8)» (RP 20).

Este sacramento, como todos los demás, es «sacramento de la fe» (CCE 1122-1126), es decir, cuando el fiel cristiano acude a él, confiesa creer que realmente Dios Padre nos otorga el perdón de los pecados y la conversión por medio de Jesucristo, tal y como anunció Pedro la mañana de Pentecostés a cuantos escucharon su predicación (cf. Hch 2), y también confiesa creer que realmente «Cristo envió a sus apóstoles para que, “en su Nombre, proclamasen a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc 24,47)» (CCE 1122). Y como todo sacramento, también en este, el que acude a él fortalece su fe, la alimenta y la expresa con palabras y acciones (cf. CCE 1123 y SC 59). Se trata, pues, de una fe teologal y de una fe, al mismo tiempo e inseparablemente, eclesial.

«La fe del cristiano que se acerca a la reconciliación sacramental no puede ser una simple fe conceptual —conocimiento de las verdades dogmáticas— o una fe individualista —pretensión de una relación exclusiva y espiritual con Dios—, sino una fe activa y eclesial. Por esta fe, reconocerá y confesará humildemente su pecado, se comprometerá a luchar contra el mal y a seguir, con la fuerza de Dios y la ayuda de los hermanos, el camino de las bienaventuranzas; por esta fe, en fin, podrá vivir la alegría de ser reconciliado con Dios y con la Iglesia, por la acción de Cristo presente en ella, y la gracia del Espíritu Santo. La celebración misma del sacramento, en conjunto, ha de tender a la promoción de esta fe en los penitentes; la acción del ministro, especialmente, ha de suscitarla, valorando el esfuerzo personal de cada uno de ellos» (CEE, Orientaciones doctrinales y pastorales, 58).

Este criterio de «valorar el esfuerzo personal de cada uno de los penitentes» es el que exige que la celebración de la Penitencia no se ritualice. Para ello nada mejor que recuperar e inspirarnos en otro de los elementos más propios y más eficaces del Catecumenado para garantizar un verdadero proceso de conversión en los catecúmenos: nos referimos a los escrutinios, que son descritos en el RICA de la siguiente forma:

«”Los «escrutinios” […] se dirigen a estos dos fines […]: a descubrir en los corazones de los elegidos lo que es débil, morboso o perverso para sanarlo; y lo que es bueno, positivo y santo para asegurarlo. Porque los escrutinios se ordenan a la liberación del pecado y del diablo, y al fortalecimiento en Cristo, que es el camino, la verdad y la vida de los elegidos» (RICA 25,1).

Pues bien, en el caso de los bautizados, para conseguir ese mismo fin propio de los escrutinios, habría que cuidar muy especialmente los tres actos del penitente:

ü  Contrición: «Que es un dolor del alma y un detestar el pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante» (Cf. Concilio Tridentino, Sesión XIV, Desacramento Paenitentiae, cap. 4: DS 1676).

ü  Confesión, que incluye la confesión de la fe en Dios y en su bondad infinita[13], así como la confianza en su perdón misericordioso[14], junto con la expresión del propósito de no volver a pecar[15].

ü  Y la satisfacción, «que no sólo ha de servir como expiación de los pecados, sino que también ha de ser una ayuda concreta para la vida nueva y medicina para la enfermedad que padece el penitente. Por ello el sacerdote que la impone ha de procurar que la satisfacción esté acomodada, en la medida de lo posible, a la gravedad y naturaleza de los pecados» RP 18. Porque, «de la misma manera que las heridas del pecado son diversas y variadas, tanto en la vida de cada uno de los fieles como de la comunidad, así también es diverso el remedio que nos aporta la penitencia. A aquellos que por el pecado grave se separaron de la comunión con el amor de Dios, el sacramento de la penitencia les devuelve la vida que perdieron. A quienes caen en pecados veniales, experimentando cotidianamente su debilidad, la repetida celebración de la penitencia les restaura las fuerzas, para que puedan alcanzar la plena libertad de los hijos de Dios» (RP 7).

Para todo ello, como en el caso de los escrutinios del Catecumenado, es necesario que los fieles tengan la firmen convicción de que es necesario abrir su conciencia y su corazón a la mediación de la Iglesia. Solo así, la Iglesia podrá ejercer, al mismo tiempo, su función de madre, de médico, de pastor y también de juez; de modo que se garantice en el fiel un verdadero progreso en su camino de conversión y de fe. Solo si somos capaces de poner nombre a los obstáculos que nos impiden avanzar en el seguimiento de Jesús y de conformar nuestra vida con su persona, con su mente, con su corazón, con su modo de proceder y actuar, y estamos dispuestos a recibir los medios adecuados que la Iglesia nos proponga por parte de sus ministros, podremos continuar adelante en el camino de la conversión y de la fe; de lo contrario, será francamente difícil cuando no imposible.

En realidad, es este convencimiento lo que ha llevado a la Iglesia, particularmente la occidental, a proponer la práctica de la confesión frecuente:

«El uso frecuente y cuidadoso de este sacramento es también muy útil en relación con los pecados veniales. En efecto, no se trata de una mera repetición ritual ni de un cierto ejercicio psicológico, sino de sin constante empeño en perfeccionar la gracia del bautismo, que hace que de tal forma nos vayamos conformando continuamente a la muerte de Cristo, que llegue a manifestarse también en nosotros la vida de Jesús (cf. 2Co 4, 10). En estas confesiones los fieles deben esforzarse principalmente para que, al acusar sus propias culpas veniales, se vayan conformando más y más a Cristo y sean cada vez más dóciles a la voz del Espíritu» (RP 7,b).

 

Conclusión

El Año de la fe nos propone recuperar la vinculación entre conversión y fe, entre fe y conversión. Sin verdadera fe no habrá conversión posible, sin una conversión auténtica nuestra fe será solo ideología que no servirá para nada. Por eso, planteémonos en este Año de la fe, si realmente nuestra fe nos está llevando a mantener un espíritu de conversión constante; y, al mismo tiempo, escrutemos si nuestra conversión, es decir, nuestra vida concreta va dejando paso y lugar para que la fe que hemos concebido en nuestra mente y nuestro corazón, la fe que profesamos con los labios, que celebramos en los sacramentos, etc., sea una fe que realmente dé sentido a toda nuestra existencia, lo bueno y lo malo, lo fácil y lo adverso. Es decir, si nuestra fe es realmente una fe que obra por la caridad y que se convierte en luz que atrae a los hombres al único Dios que nos salva.

Muchas gracias.

Carlos Aguilar

Delegado Episcopal de Catequesis de Madrid

 



[1] Evangelizar, 297.

[2] Íbidem, 298.

[3] Íbidem, 300.

[4] Pastores gregis, 38.

[5] Íbidem.

[6] Christifideles laici, 61.

[7] «El modelo inspirador de la acción catequizadora de la Iglesia» (DGC 90). «Fuente de inspiración para la catequesis posbautismal» […], que «hará bien en inspirarse en esta “escuela preparatoria de la vida cristiana”, dejándose fecundar por sus principales elementos configuradores» (DGC 91).

[8] Baste, como ejemplo, los decretos de instauración del Catecumenado de las diferentes diócesis españolas que ya han dado ese paso: Barcelona, Mallorca y Tortosa en el año 2002; León, Valencia, Tarragona, Urgell y Girona, en el 2004; Getafe, San Feliu de Llobregat y Tarrasa, en el 205; Sevilla, Valladolid, Alcalá, Vic, Menorca y Burgos, en el 2006; Solsona y Pamplona, en el 2007; Santander en el 2008.

[9] Íbidem, 306.

[10] Cfr. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad gentes, n. 14.

[11] Cfr. ibid., n. 13.

[12] Cf. Concilio Tridentino, Sesión XIV, De sacramento Paenitentiae, cap. 1: DS 1673- 1675.

[13] «El penitente manifiesta su contrición y el propósito de una vida nueva por medio de alguna fórmula de oración, con la que implora el perdón de Dios Padre » RP 19.

[14] «Después el sacerdote le invita con una breve fórmula a la confianza en Dios» RP 16.

[15] «El sacerdote, […] le exhortará para que se arrepienta sinceramente de las ofensas cometidas contra Dios; por fin le ofrecerá oportunos consejos para empezar una nueva vida y, si fuere necesario, le instruirá acerca de los deberes de la vida cristiana» RP 18.