En la línea de flotación

Carmen Alvarez

Carmen Alvarez

Benedicto XVI, ya Papa emérito, nos ha dado a todos en la línea de flotación. En términos coloquiales, esta expresión suele referirse al fundamento de algo, de un concepto, de un sistema…; pero, bien puede aplicarse también al meollo de la cuestión que nos va a ocupar.

Ahora que estamos en época de quinielas papables y que se oye hasta la saciedad eso de que la Iglesia necesita un Papa joven, con vigor, con energía, etc., yo me pregunto si, en realidad, detrás de esas mediáticas suposiciones no se esconde un deseo sincero, quizá inconsciente, de una verdadera renovación interior en la vida de la Iglesia. La palabra “renovación” suele ser ese mismo perro con distintos collares, que ladra con más fuerza justo cuando suceden acontecimientos –como los que hemos vivido en estos días-, que humanamente se nos escapan. Algunos, entonces, aprovechan para airear y desempolvar todas esas infalibles y proféticas profecías, que parecen ofrecer la clave mágica de las cosas, y que explican casi automática y apocalípticamente los momentos que atraviesa ahora la historia de la Iglesia; con ello, lo más que consiguen es desafiar ingenuamente la fe en la Providencia divina y la asistencia indefectible del Espíritu Santo, que precisamente actúa de forma más escandalosa justo cuando peor están las cosas. Otros, se enredan en el morbo de las políticas internas y de las limitaciones humanas de la Iglesia, como si a estas alturas de la vida, después de más de veinte siglos con la misma cantinela, todavía hubiera algo que pudiera sorprendernos. Y los hay que se dejan de bagatelas y fumatas, y se ponen a rezar. Y hacen bien. Porque el meollo de la cuestión que nos ocupa es, justamente ese: la fe. Y más en este Año de la fe, que continúa adelante imbatible, a pesar de todas las dimisiones, quinielas y tonterías mediáticas, que hemos podido oír en estos días, en toda clase de medios de comunicación. Por cierto, que no sabía que además del Derecho Canónico, la Iglesia se regía también por su primo hermano, ese que muchos periodistas en estos días se hartan de llamar “Derecho Canónigo”. Así pues, ¿qué mensaje nos deja la dimisión de Benedicto XVI, –que al fin y al cabo ha sido un acto de gobierno-, en plena Cuaresma, en la que no deja de resonar la llamada a la conversión personal?

En resumidas cuentas: renovar… ¿el qué? Pues, para empezar, nuestra fe. Porque, si es verdad que se respira un cierto deseo de renovación espiritual es, quizá, porque la secularización interna, que venimos arrastrando dentro de la Iglesia desde hace décadas, ha ido minando y desgastando, como una termita espiritual, ese vigor interior que debería animar toda vida cristiana. Hemos sustituido la eficacia de la gracia por la eficacia del voluntarismo; hemos sustituido el testimonio de la vida por el activismo aparentemente apostólico; hemos sustituido la verdadera caridad cristiana por la acción benéfica, social y hasta filantrópica; hemos sustituido la contemplación, como eje de la vida interior, por una sacramentalización, meramente cumplidora, de la vida cristiana; hemos sustituido el sensus ecclesiae y la comunión eclesial por el sentido de lo opinable y la democratización del dogma; hemos sustituido el diálogo fe-razón por el monólogo de un relativismo que, en amplios sectores del Pueblo de Dios, nace del primado de la opinión mediática, o del desconocimiento de la propia fe, obsoleta para los tiempos que corren; hemos reducido el amor a mero sentimentalismo, y del mandamiento del amor hemos pasado a la pastoral del sentimiento y del “me apetece”; hemos sustituido la adquisición de las virtudes cristianas por lo socialmente correcto y el patrón que impone la mayoría; hemos sustituido el pecado por el error, y el cielo por el bienestar. Hemos asumido, en definitiva, de forma inocua y pacífica, algunos de los errores de perspectiva y de doctrina, que ya son tan viejos como Lutero, o más, de tal manera que alardeamos, sin saberlo, de ser más protestantes que los mismos protestantes.

Para renovar mi fe, antes tengo que conocerla; y para conocerla, tengo que poner los medios. Y para poner los medios, tengo que querer poner los medios. Y el problema de muchos católicos es precisamente ese: que no quieren, y por eso dicen que no tienen tiempo; y van tirando con una formación obsoleta, que se tambalea con facilidad en los momentos difíciles, o tienen como único medio de formación en la fe algún que otro artículo de información religiosa, que opina sobre lo no opinable, y sin saber por qué. ¿Cuántos católicos, de esos de parroquia, sabrían explicar a un no creyente –a ser posible con salero-, las verdades que enuncian y profesan de memorieta en el Credo dominical? Estoy segura que, para muchos, estos días repletos de noticias sobre el ministerio petrino y el sacramento del orden han podido ser una ocasión única para profundizar en aspectos del misterio de la Iglesia que ni siquiera sospechaban.

Adentrarse en el conocimiento de la propia fe supone asumir consecuencias y correr riesgos. Uno de ellos: que a medida que voy conociéndola, tengo que estar dispuesto a cambiar de vida. Otro: que me puedo topar de narices con un Dios, que rompe mis esquemas, que me descoloca, y que no encaja en ninguna de las seguridades humanas o espirituales, a las que me suelo agarrar para tener una fe que no me dé problemas. Y otro más: adentrarse en la fe es entrar en el Misterio de Dios, es decir, salir de la lata de sardinas de mis esquemas y criterios y aceptar que siempre es más lo que no sé que lo que puedo entender. ¿Acaso creen ustedes que Agustín de Hipona, que iba por la vida de juerguista y mujeriego y que desfilaba por las pasarelas intelectuales de la época como el que más, sospechaba que algún día iba a quedar deslumbrado por ese mismo Dios, del que estuvo huyendo media vida? ¿Cómo se explica también la fe tenaz y confiada hasta la audacia, de su madre Mónica, cuya oración logró no sólo hacer de ese hijo autosuficiente un santo de proporciones insospechadas, sino también ver bautizarse, ya en el lecho de muerte, a su marido, de quien había recibido toda la vida críticas, maltratos y humillaciones?

Que estamos atravesando, dentro de la propia Iglesia, una crisis de fe no es difícil intuirlo. Basta ver, por ejemplo, la tremenda desproporción que se ve entre la gran cantidad de energías, tiempo, personas, dinero, ideas, correos, tuits, redes sociales, y un largo etcétera, que dedicamos al “activismo apostólico” y los frutos que recogemos. Es verdad que ni esos medios ni los frutos han de ser humanamente proporcionales, puesto que la eficacia y la productividad en el orden salvífico se miden por otros porcentajes. Pero, también es verdad que lo que salva y transforma a la persona, al final, es la gracia, no las reuniones, ni las páginas web o las aplicaciones del móvil.

Benedicto XVI ha tenido la valentía de reconocer que comenzaba la última etapa de su vida y que quería recorrerla preparándose para lo más importante: el encuentro definitivo con Dios. Vivir cara a esa transitoriedad de la propia vida, de las instituciones, de los medios, de los ministerios, es reconocer, el señorío de Dios, por más que las ideologías de turno o las cábalas humanas de todo tipo prediquen lo contrario. El problema es que, al final, como a Dios no le tocamos, no le sentimos, no lo podemos manejar, calcular o prever, terminamos por creer que no existe; o si existe, da igual, porque hay problemas más urgentes e importantes que solucionar, dentro y fuera de la Iglesia. Y así, volvemos de nuevo al principio, al meollo de la cuestión que nos ocupa: la fe. ¿Creemos o no creemos? ¿Creemos en Dios o en nosotros mismos? Pues debe ser que creemos poco y mal porque, por más que lo intentamos, las montañas siguen en el mismo sitio en donde las pusieron.

Siempre es la hora de Dios, porque su tiempo no es el nuestro. Pongámonos, pues, a tiro de la gracia; dejémonos remover interiormente por ese Dios tan enamorado del hombre, capaz de hacer saltar por los aires nuestras montañas de mediocridad y de fe comodona. Se nos pide una fe tan grande como un minúsculo grano de mostaza, para que Dios mismo pueda apoyar en él la palanca de su gracia.

Dra. Dª Carmen Álvarez Alonso
Universidad Eclesiástica de San Dámaso